Esta ciudad declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 1999, ofrece un paisaje único gracias a sus fortificaciones que guardan un sinfín de historias fascinantes.

Información y fotos proporcionadas por Secretaría de Turismo de Campeche

Hay ciudades que tienen el poder de hacernos sentir en casa, ciudades de mar con un horizonte extendido que regalarle a los ojos. Así es San Francisco de Campeche, su calma está hecha de colores en las fachadas coloniales y algarrobos en el parque. Porque si algo ha buscado siempre esta tierra, antes atacada por piratas, es paz. Por eso dicen tanto de su carácter sus murallas y baluartes.

Las fortificaciones de Campeche
San Francisco de Campeche existe entre murallas. Fueron los continuos ataques de piratas –instalados en la Isla del Carmen desde mediados del siglo XVI hasta 1717–, y luego el miedo a que los ingleses se decidieran a colonizar la Península de Yucatán, lo que determinó la silueta de la capital en el mapa: una muralla de 2520 metros con forma de hexágono irregular que en 1704 ya estaba completo. Para auxiliar en la protección de los muros habían sido construidos también ocho baluartes.

Actualmente se conservan más de 1100 metros de muralla, la Puerta de Tierra, la Puerta de Mar, siete baluartes, tres baterías y los dos fuertes que ahora se miran al visitar esta Ciudad Patrimonio.

Puerta de Tierra, Baluarte de Francisco y San Juan
La Puerta de Tierra es quizá el mejor sitio para comenzar un recorrido por la ciudad declarada como Patrimonio de la Humanidad. Un cañón de bronce, del siglo XVIII y con insignias reales, da la bienvenida. Resguardando los costados de la puerta y conectados por ese paso de ronda están el Baluarte de San Francisco y el Baluarte de San Juan. El primero sirve de acceso al conjunto fortificado y en él hay un pequeño museo dedicado a la piratería, además exhibe barcos y cañones en miniatura, instrumentos de navegación, mosquetes, trabucos y escopetas.

Intramuros, de Puerta de Tierra a Puerta de Mar
El comienzo de la calle 59, luego de cruzar la Puerta de Tierra, está flanqueado por la Hacienda Puerta Campeche a la derecha y el Salón Rincón Colonial a la izquierda. La primera es un hotel fresco y fastuoso que por escenario tomó una colección de casonas del siglo XVII, el segundo es una cantina con una barra de madera y la atmósfera que la mente imagina. La calle entonces se va estirando, llena de paredes de colores y ventanas enrejadas, hasta llegar a la Puerta de Mar. Está hecha para caminarse, tiene siempre esculturas itinerantes adornando el paseo y nubes amontonadas por encima. Aquí se encuentra la Casa San Pablo y en su interior una galería de arte que promueve el trabajo de artistas campechanos; también la Casa del Teniente de Rey que además de presumir un bonito patio colonial aloja las oficinas del INAH (ambas entre las calles 14 y 16).

Puerta de Mar y Baluarte de la Soledad
La calle 8 también es el sitio donde se ubican el Baluarte de Nuestra Señora de la Soledad y la Puerta de Mar. El primero lleva el nombre de la patrona de los marinos, es el más grande de los bastiones construidos para proteger tanto la ciudad como la puerta a su costado. En su destino estaba ser habilitado en 1958 como el Museo de Arquitectura Maya.

La Puerta de Mar fue la primera entrada a la ciudad amurallada cuando eran navegantes y no peatones los que hasta aquí llegaban. Tuvo que ser reconstruida en 1957 y cuarenta años después habría de unirse, con un nuevo lienzo de muralla, al Baluarte de Nuestra Señora de la Soledad. Una vez atravesada la puerta el horizonte se vuelve de agua. Aparecen el malecón y las puestas de sol sobre un mar quieto.

Los fuertes
Construidos cuando la piratería ya no agobiaba la ciudad, más por el miedo a una posible invasión inglesa, los fuertes de San José y San Miguel aún permanecen cada uno en su colina, desafiantes. San José apareció en 1792, al norte, encargado de vigilar las costas de barlovento. Al sur, casi del doble de tamaño, quedaría San Miguel desde 1801. Cada uno tenía un par de baterías que debían proveerles auxilio, se construyeron entradas en forma de serpiente, puentes levadizos, troneras y garitas, aljibes, almacenes de pólvora y fosos que no tenían ni agua ni cocodrilos pero sí estacas que evitar. Aunque no fueron usados para una invasión inglesa, sí fueron escenario de luchas durante las diferentes pugnas en las que la ciudad se vio envuelta en el siglo XIX. San José se convirtió en el Museo de Barcos y Armas en 1995 y actualmente resguarda al primer museo de arqueología subacuática de América. En su interior es posible apreciar una colección conformada por 211 piezas de oro, esmeraldas, amatista, un rubí, y coral rojo.

San Miguel, a su vez, devino en 1999 en Museo de Arqueología Maya. Información sobre las técnicas constructivas de los antiguos mayas y la disposición de sus ciudades, sus dioses, la forma en que medían el tiempo y su espíritu bélico forman parte de la museografía que se extiende a lo largo de 10 salas.

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