Los mexicanos somos reconocidos por celebrar de una manera peculiar a nuestros fieles difuntos. tradición que data desde hace más de tres mil años.

Fotografía: Guillermo Aparicio Servín
 

Cada año, a finales de octubre y principios de noviembre celebramos el retorno transitorio de nuestros familiares y seres queridos fallecidos. Esta fiesta, tal y como la practican en las comunidades indígenas, fue declarada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad en el 2003.

La costumbre indígena señala que para facilitar el camino de las almas se deben esparcir pétalos de flor de cempasúchil y colocar velas y ofrendas a lo largo del camino que va desde la casa al panteón.

Además, se preparan los platillos favoritos del difunto y se colocan en un altar, adornado con flores y papel picado.

Orígenes

Esta fiesta se celebra en México desde hace más de tres mil años. Los historiadores cuentan con registros de celebraciones en las etnias mexica, maya, purépecha, nahua y totonaca. En la época prehispánica era común conservar los cráneos como trofeos y mostrarlos durante los rituales que simbolizaban la muerte y el renacimiento.

Sin embargo, la celebración duraba un mes completo, durante el noveno mes del calendario solar mexica (cerca del inicio de agosto), coincidiendo con el final del ciclo agrícola.

Las festividades eran encabezadas por la diosa Mictecacíhuatl, la “Dama de la Muerte”, que hoy se le relaciona con “La Catrina” plasmada en la obra del artista mexicano José Guadalupe Posada.

 

Para nuestros antepasados, no existían los conceptos de infierno y paraíso. Ellos tenían otras creencias sobre los rumbos que tomaban las almas de los muertos, determinados por el tipo de muerte y no por el comportamiento que habían tenido durante su vida.

De manera breve, mencionaremos las direcciones que podían tomar los muertos, según nuestros ancestros:

El Tlalocan o paraíso de Tláloc. Sitio a donde se dirigían aquellos que morían en circunstancias relacionadas con el agua, como por ejemplo los ahogados, así como también los niños sacrificados al dios de la lluvia.

El Omeyocan, presidido por Huitzilopochtli. Lugar designado para los muertos en combate, los cautivos que eran sacrificados y las mujeres que morían en el parto. Era el máximo sitio, y creían que después de cuatro años, los muertos volvían al mundo convertidos en aves hermosas.

El Mictlán. Aquí llegaban los que morían de muerte natural. Este lugar era habitado por Mictlantecuhtli y Mictacacíhuatl, señor y señora de la muerte. Al difunto lo enterraban junto con un perro, el cual los guiaría por el camino que se creía era difícil y tortuoso.

El Chichihuacuauhco. A este lugar llegaban los niños pequeños, la creencia dictaba que aquí encontrarían un árbol de cuyas ramas goteaba leche que los alimentaría.

Todas estas creencias se fusionaron con las de los conquistadores, quienes llegaron a América y aterrorizados por este tipo de prácticas paganas, comenzaron a evangelizar a los indígenas. Así, trasladaron las celebraciones al inicio de noviembre, para que coincidiera con las festividades católicas del Día de todos los Santos.

Las particularidades en el país

Aunque en todo México se conmemora el Día de Muertos, en algunos sitios lo hacen de manera singular, por ejemplo al sur de la ciudad de México, en San Andrés de Mixquic, los familiares llegan a colocar flores, platillos y bebidas, sobre las tumbas, para convivir con sus muertos, mientras escuchan sonar la música, la cual continúa hasta la noche, momento en el que se encienden cientos de veladoras que alumbran de manera particular los pasillos, formando así un hermoso ambiente.

También en la ciudad de México, pero en Xochimilco, se celebra con particularidad, pues se recuerda a los fieles difuntos a bordo de las trajineras que recorren los canales. Además, se lleva a cabo la representación nocturna de la leyenda de La Llorona.

En Michoacán, a la orilla del lago Pátzcuaro y su isla, Janitzio, se vive también a flor de piel estas fechas, fieles a las costumbres purépechas. La conmemoración inicia con el repicar de las campanas de la iglesia, que indican el momento para que las personas salgan vestidas de negro rumbo al panteón a depositar las ofrendas sobre las tumbas, mientras rezan y cantan. Janitzio se ilumina de manera esplendorosa con veladoras que alumbran el camino de las almas que retornan.

En esta época, en las calles de Oaxaca se montan altares con las ofrendas, destacando el mole, tamales y el pan de muerto, así como las bebidas, en cuya elaboración se esmeran los pobladores. También realizan alfombras con arena de colores.

El Festival Cultural de Calaveras, que se celebra en Aguascalientes, es también muy significativo. Se colocan ofrendas, además se realizan eventos culturales y paseos nocturnos por la ciudad. La fiesta gira en torno a la muerte y a su icono más representativo: La catrina.

El día indicado

Según la tradición, se atribuye un día específico para el culto del muerto, según la causa del fallecimiento. Las categorías más conocidas son:

28 de octubre. Se recuerdan a las personas que murieron a causa de un accidente.

30 de octubre. Se dedica a las almas que se fueron al “limbo”, es decir los niños o personas que murieron sin haber recibido el sacramento del bautismo.

1 de noviembre. Es el día para los “muertos chiquitos”: aquellos que murieron aún siendo niños.

2 de noviembre. Son para los fieles difuntos que fallecieron a una edad adulta.

FUENTES: www.unesco.org, www.conaculta.gob.mx, www.visitmexico.com

Noche en el cementerio

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